El golpe de la puerta al cerrarse retumba en las paredes de piedra como un trueno, aislando al resto del mundo fuera de los aposentos reales.
Magnar no la suelta hasta que llegan a la cama inmensa, cubierta de pieles oscuras. La deposita sobre el colchón con una mezcla de brusquedad y cuidado, como si tuviera en sus manos algo valioso que está a punto de romperse.
Lía se encoge instintivamente cuando él quita su capa de encima, abrazándose a sí misma. La adrenalina del enfrentamiento con Valeri