Capítulo 52: Síntomas compartidos

La habitación de Ágatha se baña, de pronto, por la luz de la mañana con un halo de esperanza.

Ha pasado una hora desde que tomó el antídoto, y el cambio es milagroso. El color ha vuelto a sus mejillas y puede sentarse sin ayuda. El Sanador Mayor retira las manos de la frente de ella, con una expresión de asombro absoluto y se retira casi con miedo.

—Es increíble, Majestad —dice el anciano, mirando a Lía—. Su loba... no murió.

—¿Qué? —Lía deja caer la taza de

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