Lía deja de respirar, al inicio por miedo.El aire se atasca en su garganta, denso y doloroso, mientras los ojos dorados del Rey Alfa la escrutan con una intensidad que podría fundir el acero.Debería estar temblando. Debería estar de rodillas, suplicando por su vida, orinándose del miedo como cualquier lobo de bajo rango, y más aún una siendo una «sin piel», cualquiera lo haría ante la presencia del depredador más letal del continente.«¡Grita! ¡Corre! ¡Pide piedad!», se dice a sí misma, pero, extrañamente, su cuerpo no obedece al pánico.De pronto, una calma antinatural nace en su pecho. A pesar de la oscuridad que emana de Magnar, a pesar de las historias de cómo arranca gargantas con sus propias manos, Lía no siente el impulso de huir de él.Al contrario, el aroma que lo envuelve parece... correcto. Como si esa oficina, llena de peligro, fuera el único lugar seguro en un palacio lleno de traidores.—Te he hecho una pregunta —gruñe el Rey. Da un paso hacia ella, saliendo de la penu
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