El beso ha cambiado todo.
El aire en la habitación ya no pesa por la furia, sino por una intimidad densa y eléctrica que a Lía le eriza la piel.
Magnar se ha separado de ella para que pueda descansar, pero no se ha alejado. Lleva unas horas sentado en su sillón de terciopelo oscuro frente al fuego, observándola mientras ella dormía profundamente, como si aquel beso la hubiese anestesiado de alguna manera.
Ahora, Lía termina de trenzarse el cabello con manos que todavía tiemblan, no por el dolor