Las dos semanas siguientes son un regalo y una tortura al mismo tiempo.
En los jardines de invierno, bajo el sol pálido de la tarde, Ágatha sostiene a Liam en su regazo. Sus manos, aunque visiblemente más delgadas y temblorosas, acarician la espalda del bebé con una sabiduría antigua.
—No le des carne todavía, Lía —aconseja Ágatha con voz suave, mirando a su nieto intentar morderse el puño—. Su estómago es delicado. Empieza con puré de manzana asada y peras. Y cuando empiece a caminar... —Ágath