Tras salir de la arena, Lía se refugia en la armería, buscando el aire que le falta en los pulmones.
El eco de la multitud aún zumba en sus oídos, pero aquí, entre armas y escudos antiguos, el silencio es absoluto. Se apoya contra una mesa de trabajo de madera maciza, tratando de controlar el temblor de sus manos.
No es miedo. Es algo eléctrico, una vibración que le recorre la columna vertebral y le eriza la piel.
Ha herido al Rey, ha probado su sangre… y lo peor de todo es que le ha gustado.
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