Lia despierta sola, pero el lado derecho de la cama aún conserva una tibieza que desmiente la soledad de la habitación.
Hunde la nariz en la almohada ajena, inhalando con avidez. Huele tanto a él, a ese aroma que cada vez le gusta más, a pesar de que no debería.
Los recuerdos de la noche anterior la golpean con la fuerza de un maremoto, el peso del Rey sobre ella, sus piernas entrelazadas, la forma en que su respiración errática se calmó solo cuando hundió el rostro en su cuello.
—Magnar... —su