Tanto Karem como Liliana pasaron una noche incomoda y sin poder conciliar el sueño fácilmente. Cada de ellas, debatiéndose a solas con sus pensamientos, pero ambas atrapadas en un mismo nombre: Alessandro.
Liliana, recostada en la inmensidad de su cama, miraba el techo con los ojos abiertos, presa de una maraña de emociones que la mantenían despierta. Su conversación con Karem había removido verdades dolorosas y otras que apenas se atrevía a admitir.
Había recuperado, en apariencia, la confi