—¿Viste su cadáver? —preguntó con curiosidad Karem a su amiga.
Liliana frunció el entrecejo ante la inesperada pregunta. Aun así, respondió:
—No, cuando llegué ya había muerto. Prácticamente solo me trajeron para la lectura del testamento.
—¿Te trajeron? —repitió Karem, confundida.
—Sí, los Fiorini —respondió de forma escueta. Luego, al recordar que su amiga no sabía nada de lo ocurrido la noche de la cena, decidió contarle—: Después que te fuiste de la tienda, me fui a casa y me alisté par