—¡Alessandro! —susurró entre dientes, incrédula de lo que estaba sucediendo.
—No digas nada, —murmuró él con firmeza, mientras acicalaba su cuerpo contra el de ella de forma provocadora—. Solo sigue mi juego.
Liliana tragó saliva. Aunque pudo negarse, se dejó arrastrar por sus emociones. permitió que la danza continuara. Él tomó su mano, la hizo girar suavemente, como si aquello siempre hubiera formado parte de la coreografía.
Los aplausos, que ya menguaban, regresaron con fuerza ante aquel