Viktor abandonó la habitación en un intento desesperado de huir de sí mismo, de no sucumbir a la bestia que rugía en su interior, hambrienta, exigiendo salir. Su respiración era errática, su pulso martilleaba contra sus sienes como un tambor de guerra y el fuego que ardía en su vientre parecía a punto de consumirlo por completo. La necesidad primitiva de marcar, de poseer, de reclamar a Alina era sofocante, como si cada célula de su cuerpo estuviera envenenada con un deseo que no podía saciar.
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