Apenas percibió que Viktor había finalizado de aplicarle el ungüento, se giró sobre sus talones.
—Iré a descansar —le dijo sintiéndose algo incómoda.
Él no le respondió, solo la observó. Dejó el frasco con ungüento sobre la mesita, tomó una servilleta, limpió su mano y agarró el vaso para terminar con el trago que tenía a medio acabar.
Alina se encerró en la habitación, aunque sabía que era inútil; el sueño no llegaría con facilidad. Su mente seguía atrapada en las palabras de Viktor, en la con