La noche era una sombra espesa que se cernía sobre el refugio, pero no más oscura que el humor de Viktor. Caminaba de un lado a otro del salón, como una fiera enjaulada. Su mandíbula estaba tensa y sus ojos cargados de fuego.
Después de asegurarse que Alina se había quedado dormida en la habitación, se fue a la sala de estar.
Como si todo lo vivido no fuera suficiente, afuera en la sala lo esperaba otro de sus hombres con más información.
—¿Qué haces aquí? —le reclamó Viktor al verlo allí.