Alina permanecía inmóvil, sentada en el borde de una butaca de terciopelo gris frente al ventanal. Afuera, la lluvia golpeaba los cristales con la misma insistencia con la que sus pensamientos golpeaban su mente. Sus ojos, apagados, recorrían sin ver el horizonte difuso tras las gotas que corrían como lágrimas sobre el vidrio. La ciudad en medio del bosque que rodeaba el lugar y la oscuridad de la noche, parecía ajena, distante, y sin embargo, contenía la raíz misma de su infierno personal.
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