El coche avanzaba por la carretera secundaria como una sombra deslizándose por la oscuridad. Las luces del tablero iluminaban tenuemente el rostro de Viktor, revelando apenas el filo de su mandíbula tensa y el brillo apagado en sus ojos. Sostenía el volante con una sola mano; la otra descansaba sobre la pierna de Alina, inconsciente del gesto pero inevitable, como si al tenerla cerca pudiera asegurarse de que seguía allí, intacta.
No hablaba. No podía.
El silencio en la cabina del Mercedes era d