El aire en la habitación era espeso, denso. Como si todo estuviera suspendido en el mismo momento, congelado en una quietud que, de alguna manera, presagiaba lo que estaba por venir. Viktor permanecía de pie, observando a Alina, su figura imponente y su rostro impasible, frío. Ella estaba sentada en la cama, con las manos entrelazadas sobre sus rodillas, y la mirada perdida en el vacío. El silencio entre ellos pesaba como una condena. Las palabras que había intercambiado con Viktor horas antes