A la mañana siguiente, Alina descendió por las escaleras del ático hacia el exterior con una emoción silente, sintiendo la presión invisible pero implacable de la presencia de Viktor a su lado. A cada paso, el peso de su control se hacía más evidente, le confirmaba que la opulencia que la rodeaba no era más que una celda disfrazada de lujo, una trampa dorada de la que no veía escapatoria. La idea de adaptarse a la rutina impuesta por él le resultaba abrumadora; siempre había sido dueña de sus p