Para Viktor, un breve momento en el que estimuló el morbo de Alina fue suficiente. No para aplacar el deseo que ella encendía en él como lava dormida en las entrañas de un volcán, sino para avivarlo aún más. Ella era tierra fértil sobre la que su fuego amenazaba con desbordarse. Era un deseo constante, latente, que sabía controlar… hasta ahora. Porque solo Alina había logrado provocar ese tipo de obsesión. Solo ella lo hacía perder el control, deseándola una y otra vez como a ninguna otra.
Para