Lucía sintió un rubor subir por su cuello como una marea tibia. Comenzó en la base de su garganta, donde el pulso latía acelerado, y se extendió hacia arriba como tinta roja disolviéndose en agua.
Sus mejillas se encendieron con un color que no había mostrado desde la adolescencia. Era un rubor que no se podía controlar, que traicionaba cada intento de mantener la compostura profesional.
Sus labios se entreabrieron ligeramente, como si fuera a responder, pero no salió ningún sonido. Su lengua s