Era un mensaje de un contacto anónimo. Las palabras aparecían en la pantalla como jeroglíficos modernos, cargados de significado y amenaza. El remitente era solo un número, una secuencia de dígitos que podría pertenecer a cualquier persona en cualquier lugar del mundo.
Daniel sintió como si sus pulmones se hubieran llenado de arena. Su respiración se volvió superficial, entrecortada, como si el aire mismo se hubiera vuelto más espeso y difícil de procesar.
El mensaje contenía solo una palabra: