El lunes llegó como una sentencia de muerte envuelta en seda italiana. Daniel se ajustó la corbata Hermès con movimientos que destilaban una precisión militar, pero sus dedos temblaron casi imperceptiblemente cuando el nudo se deslizó por su garganta como una soga dorada. El espejo del ascensor ejecutivo le devolvió la imagen de un hombre que había perfeccionado el arte de ser dos personas a la vez: el depredador corporativo y el seductor nocturno.
¿Cuántas máscaras podía usar un hombre antes d