La tarde se deslizaba por los ventanales como miel dorada, pero el aire en la oficina se había vuelto denso, casi irrespirable. Cada segundo goteaba con la lentitud de un caracol arrastrándose por cristal, marcando el tiempo hacia un momento que ambos sabían inevitable.
Lucía organizaba los documentos con una precisión quirúrgica, cada papel colocado en su sitio exacto, cada carpeta alineada con perfección milimétrica. Pero sus manos temblaban imperceptiblemente, traicionando la calma que inten