El espejo del baño ejecutivo reflejaba una mujer que Lucía no reconocía. Ojos hinchados, labios mordidos hasta sangrar, manos que temblaban como hojas en una tormenta. La humillación se había instalado en su pecho como una piedra caliente, irradiando ondas de dolor que la atravesaban desde las costillas hasta la garganta.
“Ingenua. Estúpida. Desesperada.”
Las palabras se repetían en su mente como un disco rayado, cada una más cortante que la anterior. Había sido tan ciega, tan hambrienta de sen