El silencio en la oficina de Daniel era un eco de la tormenta que se desataba en el interior de Lucía. Las palabras de su ultimátum aún flotaban en el aire como espectros, cada sílaba grabada en el cristal de las ventanas, en el mármol del suelo, en la superficie pulida del escritorio de roble. Su firmeza la había sorprendido incluso a ella misma, como si una extraña hubiera tomado posesión de su cuerpo y pronunciado una sentencia ineludible.
Daniel la había mirado entonces —no con la frialdad