La amenaza de Vargas flotaba en el aire como humo tóxico, invisible pero penetrante. Daniel podía sentirla en cada respiración, en cada latido de su corazón que resonaba contra sus costillas como un tambor de guerra. Sed de venganza. Las palabras se repetían en su mente como un mantra venenoso, mezclándose con el eco lejano de los flashes fotográficos que aún parpadeaban detrás de sus párpados.
Su imperio no había caído, solo había tropezado. Un tropiezo elegante, casi imperceptible para el ojo