Mundo ficciónIniciar sesiónLas luces de neón moradas y rojas del Club Cobra cortaban la oscuridad de la noche de Miami. El sonido de los bajos de la música electrónica vibraba en el suelo, anunciando que, como cada fin de semana, el lugar estaba lleno hasta el tope.
Tamara entró por la puerta trasera respirando agitada, acomodándose el uniforme mientras sentía el dolor punzante en las costillas por el golpe de su padre.
—Mira, te has tardado bastante —le reclamó su jefa de inmediato, cruzándose de brazos en cuanto la vio pasar junto a la barra de empleados.
—Fueron solo cinco minutos, había embotellamiento a dos cuadras de aquí. Lo siento mucho —explicó Tamara, bajando la mirada para evitar que la luz directa del pasillo revelara el exceso de maquillaje en su mejilla.
La encargada suspiró, restándole importancia con un gesto de la mano.
—Apúrate entonces, que hay mucho trabajo y hoy la casa está llena. Muévete.
Tamara asintió, se amarró el delantal negro a la cintura con manos temblorosas y se adentró en el caos del club. Durante las siguientes dos horas, se sumergió en una rutina agotadora: recoger copas vacías, esquivar clientes borrachos, servir bandejas pesadas de tragos y limpiar mesas pegajosas. Cada paso le recordaba el dolor en su cuerpo, pero se obligaba a sonreír. Necesitaba las propinas.
Mientras tanto, en la entrada principal del Club Cobra, la música pareció pasar a un segundo plano cuando las puertas se abrieron para dar paso a un grupo que irradiaba un peligro innato. Alessandro, Damián y Thiago, vestidos con trajes impecables a medida y un aura de superioridad absoluta, caminaban escoltados por Larius, cuya imponente figura hacía que los hombres de seguridad del club se hicieran a un lado por puro instinto de supervivencia.
El gerente del club, reconociendo el poder que esos hombres cargaban en la mirada, corrió hacia ellos de inmediato.
—Bienvenidos al Cobra. ¿Qué puedo ofrecerles esta noche, caballeros? —preguntó con una sonrisa sumisa.
—Queremos la zona VIP más privada —ordenó Alessandro con voz fría y cortante, sin siquiera mirarlo—. Y asegúrate de que nos atienda la mejor mesera que tengas. No queremos incompetentes cerca.
—Por supuesto. Síganme, por favor —asintió el gerente, guiándolos hacia el segundo piso, un área exclusiva de sillones de cuero negro que dominaba todo el lugar desde las alturas—. ¿Qué les sirvo para empezar?
Damián se dejó caer en el sillón central con arrogancia, estirando los brazos.
—Trae dos botellas del mejor whisky escocés, una de vodka premium y suficiente hielo. Y que sea rápido.
El gerente bajó casi corriendo las escaleras de la zona VIP y buscó con la mirada entre el personal. Tamara iba pasando con una bandeja vacía cuando él la tomó del brazo.
—Tamara, sube de inmediato a la zona VIP principal. Llegó un grupo de clientes muy importantes y exigentes. Llévales el servicio de whisky y vodka de la reserva especial. Muévete, no los hagas esperar.
Tamara tragó saliva, sintiendo un extraño presentimiento en el pecho, pero asintió. Preparó la pesada bandeja de plata con las botellas de cristal, los vasos cortos y el cubo de hielo. Con paso firme y manteniendo la espalda recta a pesar del dolor en su costado, subió los escalones hacia la penumbra de la zona VIP.
Al llegar, la opulencia y el aroma a tabaco caro y perfume de diseñador la envolvieron. Tres hombres jóvenes, jodidamente atractivos pero con miradas que prometían el infierno, la observaron fijamente en cuanto puso un pie en su espacio.
—Buenas noches, aquí tienen su servicio —dijo Tamara con voz suave pero profesional, manteniendo la vista baja mientras se agachaba con cuidado para colocar las botellas sobre la mesa de centro, rogando por dentro que el maquillaje no le fallara bajo las luces del lugar.
Alessandro, que sostenía un cigarrillo entre los dedos, detuvo sus ojos oscuros en las manos de la chica, notando un ligero temblor, y luego subió la mirada hacia su rostro.
Alessandro no le quitaba los ojos de encima a la mesera. Su mirada era como un escáner frío que desarmaba a cualquiera, y el ligero temblor en las manos de Tamara no pasó desapercibido para él.
—¿Eres nueva o qué? —soltó Alessandro con una arrogancia que calaba los huesos—. Tiemblas como un chihuahua.
Tamara sintió un golpe de calor en las mejillas. La humillación y el dolor físico que ya cargaba de su casa amenazaron con hacerla estallar, pero respiró hondo. Forzó una sonrisa profesional, fingiendo una amabilidad que no sentía.
—No, señor, no soy nueva. Con permiso —respondió con voz firme, dispuesta a dar la vuelta y largarse de esa maldita zona VIP.
Sin embargo, Damián no la dejaba de ver. Sus ojos recorrían las piernas de Tamara, detallando la forma en que el uniforme se ajustaba a su cuerpo con un descaro absoluto. Cuando ella estuvo a punto de dar el primer paso para irse, Alessandro la detuvo con un tono imperativo.
—Hey, tú. Sírvenos, ¿no? —ordenó, recostándose en el sillón de cuero.
Tamara apretó los dientes. Hizo caso por puro instinto de conservación laboral, tomó la pesada botella de whisky y se acercó al vaso de Alessandro. En paralelo, al otro lado del reservado, a Thiago poco le importaba el servicio; ya tenía a una mujer de curvas pronunciadas sentada en sus piernas, susurrándole al oído mientras él le acariciaba la cintura con total desapego.
El caos ocurrió en un segundo.
El dolor punzante en el costado de Tamara, producto de la patada de su padre, le dio un espasmo repentino. El brazo le falló por una milésima de segundo y la botella se desvió ligeramente. Tres gotas doradas de whisky cayeron directamente sobre el impecable y costoso pantalón de diseño de Alessandro.
—¡Fíjate, estúpida! —rugió Alessandro, poniéndose de pie de un salto, su rostro transformándose en una máscara de furia. Miró la mancha en su ropa como si le hubieran echado ácido.
Tamara dio un paso atrás, con el corazón en la garganta, pero su orgullo no la dejó agachar la cabeza del todo.
—Lamento eso, señor —dijo ella, manteniendo la compostura—. Fueron unas gotitas nada más, no es para tanto.
—¿Que no es para tanto? ¿Tienes idea de cuánto cuesta lo que llevo puesto, muerta de hambre? —espetó Alessandro, dando un paso intimidante hacia ella.
Larius se tensó en su esquina, alerta a cualquier movimiento, pero fue Damián quien intervino. Al ver la cercanía de su hermano y la forma en que Tamara, a pesar de estar temblando, le sostenía la mirada con una valentía salvaje, Damián soltó una carcajada y se interpuso, divirtiéndose con la exageración de Alessandro.
—Ya basta, Alessandro. Fueron unas mínimas gotas, estás exagerando —le dijo Damián, colocándose entre los dos y mirando a Tamara de arriba abajo con una sonrisa ladina—. Además, la gatita tiene garras. Mírala, ni siquiera te tiene miedo.
Alessandro fulminó a su hermano con la mirada, pero antes de que pudiera responder, la luz del neón morado pegó de lleno en el rostro de Tamara. Damián, que la tenía a centímetros, frunció el ceño al notar algo extraño debajo de la gruesa capa de maquillaje en su mejilla: la silueta inconfundible de un hematoma fresco y el labio sutilmente partido.
—Pues no soy una muerta de hambre —espetó Tamara, clavándole los ojos con una furia que dejó frío a Alessandro—. Si lo fuera, no estaría aquí sirviéndole whisky a un idiota con pocas neuronas.
El silencio que cayó en la zona VIP fue tan denso que casi eclipsó la música del club. Al oír eso, Thiago desvió por primera vez la atención de la mujer que tenía en el regazo, e intercambió una mirada de asombro con Damián.
—¡Uhhh! —soltó Damián, soltando una carcajada limpia y burlona—. Te dijo idiota, hermano. Y con pocas neuronas. Eso dolió.
La burla de su hermano fue la gota que derramó el vaso para el orgullo de Alessandro. Ciego de ira, estiró la mano con una rapidez letal y tomó a Tamara fuertemente del brazo, enterrándole los dedos en la piel.
—Pues este idiota te va a desaparecer del puto mapa, perra —le siseó al oído, con una voz tan gélida que prometía la muerte.
—Ya déjala, hermano. Fue un accidente, además ni se nota la mancha —le reclamó Damián, perdiendo la sonrisa al ver la brutalidad de Alessandro y dando un paso al frente para intervenir.
Larius, calculando el peligro de la situación y los ojos de los clientes de abajo, dio dos pasos rápidos, quedando a centímetros de Alessandro. Su mano imponente se posó con firmeza sobre el hombro del heredero.
—Suéltela, señor —le ordenó Larius en un murmullo bajo pero autoritario—. Evite un escándalo. Recuerde las órdenes de sus padres.
Alessandro apretó la mandíbula, respirando agitado. Sabía que Larius tenía razón, pero su furia necesitaba una válvula de escape. Con un desprecio salvaje, empujó a Tamara lejos de él. La fuerza del empujón hizo que la joven perdiera el equilibrio por completo; su cuerpo golpeó contra la esquina de la mesa de madera y luego fue a dar contra el suelo. Un golpe seco resonó cuando su frente impactó contra el borde del sillón.
No conforme con eso, Alessandro llevó la mano a su saco, desenfundó su arma cromada en un movimiento limpio y le apuntó directamente a la cabeza mientras ella estaba en el suelo.
—Pídeme disculpas —le exigió con el dedo en el gatillo—. Pídemelas ahora mismo si quieres salir viva de aquí.
—¡Alessandro, ya cálmate! ¡Guarda esa maldita cosa! —le gritó Damián, poniéndose en medio de la línea de fuego y empujando el cañón del arma hacia abajo con brusquedad—. Estás demente.
Damián miró de reojo a Tamara, que respiraba entrecortadamente en el suelo, y le hizo una seña rápida con la cabeza.
—Lárgate de aquí. ¡Vete ya!
Tamara no esperó a que se lo dijeran dos veces. Ignorando el dolor punzante en sus costillas y el mareo en su cabeza, se levantó del suelo con el orgullo hecho pedazos pero la mirada fija en Alessandro. Le dedicó una última mirada de odio puro al heredero y, dándose la vuelta, caminó a paso apresurado directamente hacia los baños del personal.
Al entrar, cerró la puerta con pestillo y se apoyó contra el lavabo, temblando de pies a cabeza. El labio le temblaba y las lágrimas de rabia e impotencia finalmente rodaron por sus mejillas. Se miró en el espejo y ahogó un grito: el maquillaje que cubría el golpe de su padre se había corrido con el sudor y, justo en la frente, una línea perfecta de sangre roja y brillante comenzaba a bajar por su rostro, producto de la cortada del golpe. Estaba herida, sola, y acababa de ganarse como enemigo al hombre más peligroso de la noche de Miami.







