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LAS DOS CARAS DE LA MONEDA

La lluvia caía sin piedad sobre las calles oscuras del centro de Miami. Tamara salió por la puerta trasera del Club Cobra y el frío de la tormenta la golpeó de inmediato, haciéndola temblar. No tenía paraguas, no tenía abrigo y, lo peor de todo, no tenía ni un solo dólar en los bolsillos de su delantal tras la injusticia del gerente. Con el cuerpo adolorido por los golpes de su padre y la frente latiéndole bajo el maquillaje corrido, no tuvo más remedio que empezar a caminar bajo el agua, resignada a cruzar la ciudad a pie.

A unas pocas cuadras de allí, la imponente camioneta blindada de los herederos avanzaba rompiendo las cortinas de agua. Alessandro iba al volante, con los ojos fijos en el camino y la mandíbula aún tensa. A su lado, Larius vigilaba el entorno en silencio, mientras que en los asientos traseros Damián y Thiago venían sumergidos en el letargo de la noche de excesos.

De pronto, los faros delanteros de la camioneta iluminaron la silueta de una chica que caminaba completamente empapada por la acera, abrazándose a sí misma para protegerse del frío.

Alessandro entornó los ojos y una sonrisa maliciosa y carente de toda empatía cruzó sus labios al reconocer el uniforme del club y el cabello de la joven. Era ella. La mesera insolente.

—Mira a quién tenemos aquí —siseó Alessandro con frialdad.

Antes de que Larius o sus hermanos pudieran reaccionar, Alessandro pisó el acelerador a fondo, dirigiendo la pesada camioneta directamente hacia un enorme charco acumulado junto a la acera. El vehículo pasó a toda velocidad, levantando una gigantesca ola de agua sucia que impactó de lleno contra Tamara, empapándola de la cabeza a los pies y dejándola casi sin aire por el impacto frío.

Alessandro soltó una carcajada ronca, mirando por el retrovisor.

—Eso es por lo de mi pantalón, perra —murmuró.

—¡Eres un maldito infeliz! ¡Ojalá te estrelles, estúpido! —gritó Tamara en mitad de la calle, con la voz rota por la rabia y las lágrimas mezclándose con la lluvia, levantando el puño hacia la camioneta que se alejaba.

En el asiento trasero, la diversión de Damián se esfumó por completo. Se giró rápidamente en su asiento, pegando el rostro al vidrio trasero tintado para mirar la silueta de Tamara desvanecerse en la tormenta. Su rostro empapado, sus ojos cargados de un odio salvaje y la marca del golpe en su rostro se quedaron grabados a fuego en la mente de Damián. Había algo en esa chica que no podía descifrar, y por primera vez, la crueldad de su hermano mayor le causó un profundo fastidio.

Mientras tanto, en un modesto pero impecable departamento en la zona residencial media, la cerradura de la puerta giró suavemente.

Anaís entró descalza para no hacer ruido, cargando la cartera grande y una bolsa de plástico con comida. Respiró aliviada al sentir el calor del hogar. De inmediato, caminó hacia su habitación, se despojó del ajustado vestido de lentejuelas empapado y se puso una playera cómoda de algodón y unos pantalones deportivos. Toda la sensualidad y el peligro de la ladrona de la discoteca desaparecieron en un segundo, dejando ver a una mujer real, cansada pero impulsada por un amor inmenso.

Con pasos de algodón, Anaís caminó por el pasillo y abrió la puerta de la habitación pequeña. La luz de la luna que se filtraba por la ventana iluminó la cuna donde una hermosa niña de apenas tres años dormía plácidamente, abrazada a un peluche gastado.

Anaís se acercó y sintió que todo el peso del mundo se le quitaba de encima al verla. Dejó la bolsa con los costosos medicamentos sobre la mesa de noche y se sentó en el borde del colchón. Con extrema delicadeza, pasó sus dedos por los rizos color chocolate de su hija, idénticos a los suyos, y le plantó un tierno beso en la mejilla.

La pequeña se movió un poco, soltando un tierno balbuceo antes de seguir durmiendo.

Anaís se quedó observándola en la penumbra, mientras extraía las billeteras de los millonarios de su bolso y contaba los fajos de billetes en silencio. Una doble vida llena de riesgos, bailes y robos en la noche de Miami era un precio muy bajo si con eso lograba mantener a salvo a su pequeña.

"Casi me atrapan hoy, mi amor...", se dijo Anaís en su mente, acomodándole las cobijas a la niña mientras una determinación inquebrantable endurecía su mirada. "Pero no me importa el peligro. Mientras yo respire, nunca te va a faltar nada, nadie te va a tocar y vas a tener tus medicinas. Mamá va a hacer lo que sea necesario."

Anaís todavía contemplaba a su hija cuando la puerta de la habitación se abrió un poco más, emitiendo un leve crujido. Al girarse, vio la silueta cansada y dulce de su abuela, quien la miraba desde el umbral con una manta sobre los hombros.

Anaís se levantó con cuidado para no despertar a la pequeña y salió al pasillo, cerrando la puerta detrás de ella.

—Hija, qué bueno que llegaste —le dijo su abuela en un susurro, acariciándole el brazo con ternura—. ¿Cómo te fue trabajando en el club?

Anaís forzó una sonrisa perfecta, ocultando el cansancio y la adrenalina que aún corrían por sus venas tras la persecución de los guardaespaldas. No quería que la anciana se preocupara por sus robos.

—Sí, abuela, todo me fue muy bien —le mintió con suavidad, dándole un beso en la frente—. Traje lo suficiente para los gastos de las tres y, lo más importante, aquí tengo los medicamentos de la niña. Ya no nos tenemos que preocupar por eso este mes.

La abuelita miró la bolsa de las medicinas y luego fijó sus ojos sabios en el rostro de su nieta. Ella no era tonta; conocía los peligros de la noche de Miami y sospechaba perfectamente que Anaís hacía mucho más que solo bailar para conseguir sumas tan altas de dinero en tan poco tiempo. Sentía miedo por ella, pero también entendía el sacrificio desesperado de una madre.

Sin decir una sola palabra sobre sus sospechas, la anciana abrió los brazos. Anaís se refugió en ellos de inmediato, escondiendo el rostro en su hombro y dejando salir un suspiro de puro desahogo.

—Eres una mujer muy fuerte y valiente, Anaís —le susurró la abuela, abrazándola con fuerza, dándole todo el confort que la joven necesitaba—. Te admiro mucho, mi niña.

Anaís cerró los ojos, sintiendo que las lágrimas amenazaban con salir por la calidez del abrazo.

—Gracias, abuela... Eres como mi madre —murmuró con la voz entrecortada, aferrándose a ella.

En ese pequeño departamento, el amor familiar se convertía en el único escudo contra el violento y peligroso mundo exterior que amenazaba con devorarlas.

Mientras Anaís encontraba un refugio de amor en los brazos de su abuela, el regreso a casa de Tamara fue el inicio de un nuevo calvario.

La joven abrió la puerta de su hogar temblando de frío, con la ropa empapada pegada al cuerpo y el agua escurriendo de su cabello directamente al desgastado suelo. No tuvo tiempo ni de respirar cuando la figura imponente y tambaleante de su padre apareció en la sala, esperándola con los ojos inyectados en rabia y las manos vacías.

—¿Dónde está el dinero? —exigió el hombre con voz ronca, extendiendo la palma—. Dámelo ya.

Tamara dio un paso atrás, abrazándose a sí misma con miedo.

—Papá... no tuve suerte hoy —confesó con la voz rota—. Tuve un accidente en el club y el gerente me quitó todas las propinas y las comisiones para pagarlo. No me dejaron nada.

La furia del hombre estalló al instante. Sin piedad, avanzó hacia ella, la tomó bruscamente del cabello y la sacudió con violencia.

—¡Eres una estúpida! ¡No sirves para nada! —le gritó en la cara, ignorando sus lágrimas—. ¿Para eso vas a trabajar? ¡Seguro te lo gastaste y no quieres dármelo!

—¡No, papá, te lo juro! ¡Es la verdad! —suplicó Tamara, tratando de soltarse del agarre que le lastimaba el cuero cabelludo—. ¡Por favor, ya no me golpees!

Cegado por la ira y la abstinencia, el hombre la soltó de golpe para desabrocharse el cincho de cuero de la cintura. Tamara se encogió en el suelo, protegiéndose con los brazos, pero fue inútil. Su padre levantó el cincho y comenzó a propinarle una serie de azotes implacables que impactaron directo en su espalda y en sus piernas. El dolor quemaba como el fuego sobre su piel ya lastimada.

—¡Inútil! ¡Eso es lo que eres! —gritaba él con cada golpe.

Tamara solo podía llorar ahogadamente, cubriéndose el rostro con las manos mientras los impactos resonaban en la fría sala. Cuando el hombre finalmente se cansó, la miró con asco, guardó el cincho y, tomando una botella de alcohol que estaba sobre la mesa, se encerró en su habitación dando un fuerte portazo.

Tamara se quedó allí, tirada en un rincón de la sala oscura, abrazando sus rodillas contra el pecho. Lloraba en silencio, quejándose en susurros mientras el cuerpo le temblaba por el dolor físico y emocional. ¿Por qué la vida tenía que ser así de injusta con ella? Todo lo malo le había pasado el mismo día: primero la humillación y el ataque del idiota arrogante en el club, luego el desprecio del gerente, el agua sucia que le arrojaron desde la camioneta y, finalmente, la brutalidad de su propio padre.

Pasadas unas horas, cuando el silencio en la casa le aseguró que su progenitor se había dormido, Tamara se levantó del suelo con un esfuerzo sobrehumano. Subió arrastrando los pies a su pequeña habitación. Se metió a la ducha, dejando que el agua tibia limpiara la sangre, las lágrimas y el rastro de la tormenta.

Se cambió por ropa limpia y se acostó en su cama, cubriéndose hasta el cuello. Intentó cerrar los ojos y buscar el olvido en el sueño, pero el estómago le rugió dolorosamente. El hambre no la dejaba dormir; no había probado bocado en todo el día y ahora no tenía ni un centavo para comprar comida.

Con el cuerpo roto, el estómago vacío y el alma herida, Tamara se durmió con una sola certeza en el corazón: odiaba Miami, odiaba su vida y, sobre todo, odiaba al hombre de la zona VIP que había desatado su desgracia.

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