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LA NOCHE DEL COBRA PARTE DOS

En el baño de empleados, Tamara abrió el grifo del agua fría con brusquedad. El sonido del agua corriendo apenas lograba apagar el ruido de su propia respiración acelerada. Tomó un trozo de papel, lo empapó y lo presionó contra la herida de su frente, soltando un gemido de dolor cuando el tejido vivo ardió.

—Maldito infeliz... maldito animal arrogante —maldijo Tamara entre dientes, con los ojos inyectados en lágrimas de pura rabia—. Ojalá te pudras en el infierno, idiota con traje de diseñador. ¿Quién carajos se cree que es para apuntarme con un arma?

Se miró al espejo, viendo la mezcla de sangre, sudor y el maquillaje corrido que revelaba el hematoma previo que su padre le había dejado horas antes. El pánico comenzó a filtrarse en su pecho, sustituyendo a la furia. Si el gerente se enteraba del escándalo en la zona VIP, estaba acabada.

—Por favor... Dios, por favor, que no me despidan —susurró, cerrando los ojos con fuerza mientras presionaba el papel ensangrentado—. No puedo perder este maldito trabajo. Si me botan hoy, no tendré cómo pagar la renta y mi padre me va a matar... Por favor, que no me despidan.

Mientras tanto, de vuelta en la zona VIP, el ambiente seguía cargado de una tensión eléctrica. Alessandro guardó el arma de mala gana, pero mantenía los puños apretados y la mandíbula tan tensa que parecía que se le iba a romper. Estaba que echaba polvo del enojo, con la respiración pesada.

—Ya basta, hermano. Vinimos a pasarla bien, no a armar un funeral —le reclamó Damián, volviéndose a sentar y acomodándose el saco con total tranquilidad.

—Sí, Ale, ya bájale —secundó Thiago desde su lugar, sin soltar a la mujer de su regazo—. Estás haciendo un drama por una mesera.

—¡Esa perra me insulto en mi maldita cara! —bramó Alessandro, fulminándolos con la mirada—. ¡Y nadie me falta al respeto a mí! Nadie sale ileso de eso.

Damián soltó una risa ladina, encogiéndose de hombros con esa arrogancia que tanto desesperaba a su hermano mayor.

—Pues la gatita ya te insultó, hermano, y mírate: sigues vivo y con el pantalón un poco manchado. Supéralo.

Antes de que Alessandro pudiera saltarle encima a su propio hermano, el ambiente del reservado cambió por completo. El gerente del club, ansioso por arreglar el desastre que acababa de ocurrir, envió de inmediato a dos de las mujeres más cotizadas del lugar. Eran altas, de vestidos extremadamente cortos y miradas seductoras, buscando complacer y traer placer a los hombres más peligrosos de la noche.

—Buenas noches, caballeros... Nos dijeron que necesitaban una buena compañía —ronroneó una de ellas, una sensual pelinegra que se deslizó directamente hacia el sillón de Alessandro, pasando una mano por su hombro para intentar disipar su furia.

La otra chica, una rubia de curvas peligrosas, no perdió el tiempo y se sentó al lado de Damián, enredando sus dedos en su cabello. Damián no tardó en responder, atrayéndola hacia él con una sonrisa calculadora, mientras en la esquina del sillón, Thiago seguía en su propio mundo, tocando con descaro y posesión a la chica que mantenía firme en sus piernas.

Alessandro respiró hondo, dejando que el perfume de la mujer que lo tocaba borrara el olor a pólvora de su mente, pero sus ojos oscuros se clavaron en la entrada del pasillo. El placer y las mujeres estaban ahí, pero el insulto de la mesera se había quedado grabado a fuego en su orgullo.

Mientras el reloj marcaba las tres de la mañana en el Club Cobra, los herederos seguían sumergidos en su propio mundo de excesos, música ensordecedora y mujeres que buscaban complacer cada uno de sus caprichos. Alessandro dejaba que la pelinegra le sirviera más alcohol, intentando ahogar la rabia del insulto de Tamara, mientras Damián y Thiago dominaban la zona VIP con la arrogancia de quienes se saben dueños de la noche.

Pero en otra parte de la ciudad, muy lejos de la tranquilidad de los palcos VIP, la noche se movía a un ritmo mucho más peligroso y acelerado.

Una joven de una belleza magnética, con una espectacular cabellera color chocolate rizada y unos rasgos que mezclaban a la perfección lo afro y lo latino, corría a toda velocidad por un callejón oscuro del distrito financiero de Miami. Sus tacones golpeaban el asfalto mojado con desesperación, y el vestido corto de lentejuelas brillaba intermitentemente bajo las luces parpadeantes de los postes.

Respiraba agitada, pero en sus ojos no había solo miedo, sino la adrenalina pura de quien sabe que acaba de dar el golpe de su vida. En su mano derecha, apretaba con fuerza un bolso pequeño donde resguardaba un jugoso botín: tres billeteras de cuero de diseñador repletas de dinero en efectivo y tarjetas de crédito de platino, pertenecientes a unos millonarios extranjeros. Había estado bailando para ellos en un exclusivo club nocturno a pocas calles de ahí, distrayéndolos con sus movimientos hipnóticos y su sonrisa seductora, hasta que sus dedos rápidos hicieron magia en los bolsillos de sus sacos.

—¡Hey! ¡Detente ahí, maldita ladrona! —rugió una voz a la distancia.

Al mirar de reojo, la chica divisó a dos enormes hombres de traje negro —los guardaespaldas de los millonarios— que venían pisándole los talones, gritando maldiciones por el radio.

—Ni loca me detengo, idiotas —susurró para sí misma, con una sonrisa salvaje cruzando sus labios a pesar del cansancio.

Dobló la esquina del callejón a toda velocidad, buscando perderse entre el tráfico y las sombras de la avenida principal. Sabía que si esos hombres la atrapaban, la policía sería el menor de sus problemas; pero también sabía que en Miami, para sobrevivir, había que ser más rápida y astuta que los lobos. Lo que ella no sospechaba era que su habilidad para engañar a los ricos estaba a punto de llamar la atención de la dinastía más peligrosa de la ciudad.

La chica dobló a la izquierda, metiéndose en la parte más profunda de un callejón estrecho y mal iluminado detrás de unos contenedores de basura. Se pegó contra la pared de ladrillos, conteniendo la respiración mientras apretaba el bolso contra su pecho. El sonido de su propio corazón retumbaba en sus oídos.

A los pocos segundos, los pesados pasos de los dos guardaespaldas pasaron de largo por la avenida principal, gritando frustrados porque la habían perdido de vista en la oscuridad de la noche.

Ella esperó un minuto entero, inmóvil, estirando el cuello para asegurarse de que ya no la seguían. Cuando el silencio volvió al callejón, soltó un largo suspiro de alivio y una sonrisa de triunfo iluminó su rostro. Lo había logrado otra vez.

Abrió la cartera grande que llevaba colgada al hombro y, con la agilidad de quien ya ha hecho esto muchas veces, sacó un par de zapatos cómodos y planos. Soltó un quejido de satisfacción mientras se quitaba los altísimos tacones que le habían servido para el show, sintiendo el descanso inmediato en sus pies, y los metió al bolso junto con las billeteras robadas. Su espectacular cabello rizado, de un hermoso color chocolate con destellos miel que brillaban bajo la luz de la luna, cayó desordenado sobre sus hombros mientras se sacudía el vestido de lentejuelas.

Caminó con paso rápido hacia la salida del callejón, manteniendo la guardia alta. Sacó su teléfono celular con la pantalla agrietada y comenzó a buscar una zona segura de taxis en la aplicación para poder regresar a su casa antes de que los hombres de los millonarios decidieran dar la vuelta. Sabía que tenía que moverse rápido; en ese lado de Miami, la medianoche nunca era segura para nadie, y menos para una ladrona con los bolsillos llenos de dinero ajeno.

Tamara respiró hondo frente al espejo del baño, se limpió la sangre de la frente con cuidado y retocó el maquillaje lo mejor que pudo. Tenía que regresar a la pista; no podía darse el lujo de esconderse. Sin embargo, en cuanto puso un pie afuera, el gerente del club ya la estaba esperando con los brazos cruzados y una expresión implacable.

—A mi oficina. Ahora —ordenó en un murmullo cortante.

Tamara lo siguió con el corazón en la garganta. En cuanto la puerta de la oficina se cerró, el gerente se giró hacia ella, furioso.

—¿Ya ves lo que hiciste? Le botaste el whisky a uno de los clientes más importantes de la noche. ¿Estás demente, Tamara?

—Solo fueron unas gotas, lamento eso —explicó ella de inmediato, tratando de mantener la calma—. La botella estaba sudando, se me resbaló de las manos. Fue un accidente.

—El cliente explicó otra situación —sentenció el gerente, ignorando sus palabras—. Debido a que tuvimos que calmar un poco los ánimos y asegurarnos de que no hubiera problemas mayores con esos hombres, tendrás que pagar el servicio extra que se les dio para compensar el mal rato.

Tamara abrió los ojos de par en par, sintiendo que el suelo se le hundía.

—¿Qué? ¿Cómo que voy a pagarlo? ¿Con qué o cómo?

—Lo pagarás con tus propinas —declaró el gerente de forma fría—. Las propinas que ganaste hoy las tendrás que entregar completas. Y los pagos que debías recibir por las comisiones de las botellas vendidas también serán retenidos para cubrir la cuenta.

La impotencia y la molestia hicieron que Tamara diera un paso al frente, perdiendo el miedo.

—¡Pero por qué! ¡Si solo fue un pequeño accidente! Ni que le hubiera manchado todo el traje al idiota ese...

—¡Cálmate, Tamara! —la interrumpió el gerente, alzando la voz—. Lo lamento, pero así son las cosas. Sabes perfectamente que este es un club de prestigio y la familia que es dueña de este lugar no va a soportar que haya un escándalo de este tipo. Así que te aguantas.

—¡No es justo! —exclamó Tamara, con la voz quebrada—. Las propinas son de lo que yo vivo, es mi sustento diario.

—Eso a mí no me importa, ya lo sabes —respondió él, dándole la espalda para revisar unos papeles—. Ahora retírate y vuelve a trabajar.

Tamara salió de la oficina con una rabia tan grande que casi quería llorar de la impotencia. Al cruzar la planta alta para regresar a sus mesas, no pudo evitar mirar hacia la zona VIP. Ahí estaba Alessandro, sentado cómodamente, besándose apasionadamente con la pelinegra que le habían llevado, tocándola con posesión mientras el resto del mundo parecía no importarle.

"Maldito infeliz... Ojalá la vida te devuelva el triple del daño que me hiciste hoy", lo maldijo Tamara en su mente, apretando los puños antes de desviar la mirada.

Se obligó a seguir trabajando las últimas horas del turno, barriendo y limpiando con el cuerpo adolorido. Cuando finalmente llegó la hora de salida, Tamara caminó hacia la puerta de servicio para marcharse. Al abrirla, se le cayó el alma al piso: afuera estaba cayendo una tormenta torrencial, los truenos retumbaban en el cielo de Miami y ella, con la prisa y los problemas de la tarde, había olvidado el paraguas en su casa. Estaba atrapada, herida y sin un solo centavo en la bolsa.

En paralelo, a través de las calles inundadas por la misma tormenta, un taxi avanzaba con los limpia parabrisas a toda marcha. En el asiento trasero, Anaís miraba por la ventana, viendo las luces borrosas de la ciudad. Con las manos aún temblando levemente por la adrenalina de la huida, sacó su teléfono y marcó un número.

—Hola... Ya voy a casa, no te preocupes —dijo Anaís en voz baja, suavizando por completo el tono de su voz—. Llevo comida y llevo todo el dinero para tus medicamentos. Sí, ya conseguí todo. Duerme un poco, llego en quince minutos. Te amo.

Al colgar la llamada, Anaís guardó el teléfono y abrazó la cartera grande contra su pecho, donde las billeteras robadas de los millonarios descansaban de forma segura. Dejó caer la cabeza hacia atrás en el asiento del taxi y soltó un suspiro pesado, hablando consigo misma en la penumbra del vehículo.

"Casi me atrapan esos desgraciados...", pensó, mientras una chispa de absoluta determinación brillaba en sus ojos oscuros. "No me importa lo que tenga que hacer, ni el peligro en el que me tenga que meter... pero haré todo lo que esté en mis manos para salvarte"

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