Victtorio entró en la bodega oculta como un espectro de venganza, el aire cargado de óxido, humedad y el hedor metálico de la sangre fresca. Isabella y Vega estaban encadenados a sillas de metal en el centro de la habitación iluminada por una bombilla colgante que oscilaba como un péndulo de ejecución.
Isabella, con heridas vendadas apresuradamente en el brazo y el hombro, lo miró con una sonrisa desafiante, su belleza letal aún intacta a pesar del dolor. Vega, magullado y semiinconsciente, lev