Las noticias no solo se difundieron; estallaron como una carga de dinamita en los cimientos de la nación apenas unas horas después de que el cuerpo de Elio tocara la tierra. El silencio del cementerio fue reemplazado por el caos mediático. Los titulares, en letras rojas y parpadeantes, devoraban cada pantalla desde Times Square hasta los rincones más profundos del Capitolio:
“INFAMIA EN LA CASA BLANCA: EL PRESIDENTE HARLAN, CEREBRO DE UNA RED GLOBAL DE TRATA, NARCOTRÁFICO Y LAVADO DE ACTIVOS”.