Victtorio entró en la habitación privada del hospital Mount Sinai con pasos pesados, el peso de la noche anterior aún colgándole de los hombros como una cadena invisible. Llevaba la misma camisa negra arrugada, manchada de sangre seca que ya no era solo de otros, y los ojos enrojecidos por el insomnio y el llanto contenido. Aria estaba sentada en la cama, más pálida que nunca pero con los ojos abiertos y alertas. Sofía estaba a su lado, sosteniéndole la mano, con el rostro marcado por la preocu