El cuadrilátero ardía bajo la luz de las antorchas, iluminando las gradas repletas de manadas que esperaban el combate final. Todos habían luchado, todos habían sangrado, y ahora quedaban frente a frente los dos hermanos que compartían la misma sangre, pero no el mismo destino.
Adrián respiraba con dificultad, cada músculo de su cuerpo tenso, las heridas acumuladas ardiendo bajo su piel. Había resistido nueve rondas, desgarrado por dentro, pero jamás doblegado. Su hermano Erick, en cambio, pare