La sala del Consejo estaba impregnada de solemnidad.
Alfas, betas y representantes de las manadas se reunían en círculo alrededor de una mesa de piedra. Sobre ella ardían antorchas azules que daban al lugar un aire sagrado. En el centro, como acusados, se encontraban Erick, alfa de Luna Azul, y su beta, un hombre de complexión imponente que mantenía la cabeza inclinada, fingiendo arrepentimiento.
A un lado, con los puños cerrados y los ojos cargados de furia contenida, se erguía Adrián, alfa de