La mañana amaneció envuelta en una bruma plateada que se enroscaba entre los pinos como un velo de seda. El eco de los tambores del Consejo marcaba el inicio del segundo día de entrenamientos, un llamado ancestral que hacía vibrar la tierra.
Diana se levantó antes del amanecer. Su cuerpo aún dolía, no de cansancio, sino del recuerdo. Los labios de Viktor, el peso de su cuerpo, su voz ronca susurrándole “serás mía, lobita”… todo seguía ardiendo en su piel.
El vapor llenó el baño cuando abrió el