El bosque parecía contener el aliento mientras Adrián y Emili, aún unidos por la fuerza del vínculo recién sellado, caminaban de regreso hacia la cabaña. La brisa nocturna jugaba con las ramas y la luna se mantenía como testigo silencioso de lo ocurrido.
Adrián la llevaba tomada de la mano, pero era más que un simple gesto: era un juramento. El calor de su piel se transmitía en cada paso, y ambos podían sentir el eco de sus corazones latiendo al unísono.
—No puedo creerlo… —murmuró Emili, con u