El bosque se llenó de gruñidos, carreras y crujidos de ramas. Lobos de todas las manadas corrían en distintas direcciones, cada cual obsesionado con proteger sus propias banderas o arrebatar las ajenas.
Pero Jackson no veía nada más que a Emili.
El rojo de su pelaje lo enceguecía, como si todo el campo de batalla hubiera quedado en sombras salvo por ella.
—¡No dejen que escape! —ordenó a los suyos, con un rugido que hizo temblar el aire.
Emili giró la cabeza y lo vio lanzarse contra ella, colmi