El anuncio del Consejo cayó sobre todos como un balde de agua fría. No habría más Juegos. No por ahora. Cada manada debía empacar y volver a casa. Orden absoluta. Nadie podía quedarse en la Cuenca.
Luna Creciente se movió rápido.
Nikolai y Claus fueron los primeros en comprender que debían avisar a sus padres. No podían ocultar por completo lo ocurrido. Pero tampoco podían decir la verdad completa hasta tener a Diana frente a ellos, viva, respirando, para que no entraran en pánico.
Entraron a una de las salas de comunicación del recinto, marcando el número de su hogar. Su padre contestó primero, y solo con escucharlo ambos hermanos se pusieron firmes.
—¿Qué ocurre? —preguntó, percibiendo el tono tenso.
Nikolai habló primero.
—Los Juegos fueron suspendidos. Hubo problemas internos. Nada que ver con nosotros. Vamos de regreso.
Hubo silencio.
Luego habló su madre.
—¿Dónde está Diana?
Claus respondió antes que Nikolai.
—Aquí. Con nosotros. Bien.
Nikolai agregó:
—Volveremos hoy mismo. Asi