El sol apenas despuntaba en el horizonte cuando la manada comenzó a moverse con una energía distinta. Los niños correteaban entre risas, ajenos al trasfondo del día. Para ellos, aquello era una nueva aventura; para los adultos, una prueba decisiva.
Adrián observaba desde lo alto de la escalinata de la casa principal, los brazos cruzados sobre el pecho. A su lado, Leandro y Mateo aguardaban en silencio, atentos a cada detalle.
—¿Crees que funcione? —preguntó el gamma, con voz grave.
Adrián