El amanecer apenas se insinuaba en el horizonte cuando Valeria ya recorría el perímetro norte del territorio. Su vientre, ahora prominente, no le impedía moverse con determinación entre los árboles mientras señalaba puntos estratégicos a los lobos que la seguían. El embarazo, lejos de debilitarla, parecía haberle otorgado una nueva clase de fuerza, una que emanaba de la necesidad de proteger no solo a su manada, sino a la vida que crecía dentro de ella.
—Quiero trampas aquí, aquí y aquí —indicó