El viento cambió. Fue lo primero que notó Valeria aquella mañana mientras observaba el amanecer desde el porche de la cabaña. Un escalofrío recorrió su espalda, erizando cada vello de su cuerpo. No era el frío del otoño que comenzaba a asentarse en el bosque, sino algo más primitivo, un instinto que había permanecido dormido desde que encontró refugio en la manada de Kael.
Acarició su vientre, ahora notablemente abultado. El bebé se movió, como si también percibiera la inquietud de su madre.
—A