El amanecer se filtraba por las cortinas de la habitación principal, dibujando patrones dorados sobre las sábanas revueltas. Valeria observaba el techo, sumida en una extraña paz que no había experimentado en meses. Su mano descansaba sobre su vientre, ahora visiblemente abultado bajo la fina tela del camisón.
Habían pasado casi cinco meses desde su destierro. Cinco meses desde que todo su mundo se había derrumbado. Y sin embargo, aquí estaba, respirando, viviendo, construyendo algo nuevo entre