La habitación permanecía en penumbra, apenas iluminada por la tenue luz que se filtraba a través de las cortinas entrecerradas. El aroma de hierbas medicinales impregnaba el aire, mezclándose con el olor característico de Kael, ese aroma a bosque y tormenta que Valeria había aprendido a reconocer incluso con los ojos cerrados.
Llevaba tres días sin apenas separarse de su lado. Tres días en los que había visto a aquel poderoso Alfa reducido a un hombre vulnerable, luchando contra la fiebre y el