El silencio que siguió al último aullido de batalla fue más aterrador que el fragor del combate. Valeria permaneció inmóvil, con la respiración entrecortada y el cuerpo cubierto de sangre —propia y ajena— mientras contemplaba el campo de batalla. Los cuerpos de los lobos enemigos yacían dispersos entre los árboles, algunos en forma humana, otros en su forma animal. La manada de Kael había vencido, pero el precio había sido alto.
—¡Kael! —gritó de repente, recordando el último momento en que lo