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La noche había caído sobre el territorio con un manto de estrellas que parecían observar, cómplices silenciosas de lo que estaba por suceder. Valeria permanecía en la habitación que Kael le había asignado, con la ventana abierta, dejando que el aire fresco acariciara su rostro mientras sus manos descansaban protectoramente sobre su vientre. El bebé se había movido con más fuerza últimamente, como si percibiera la tormenta emocional que agitaba a su madre.

Tres golpes secos en la puerta la sobre
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