La tormenta arreciaba en el exterior. Las gotas de lluvia golpeaban con furia el techo del refugio, creando una melodía caótica que, paradójicamente, resultaba reconfortante. Valeria se encontraba sentada frente a la chimenea, observando cómo las llamas danzaban caprichosamente, proyectando sombras alargadas sobre las paredes de madera. Kael había salido momentos antes para asegurar las ventanas y revisar que todo estuviera en orden.
El refugio, una cabaña perdida en lo profundo del bosque que