Martina
La lluvia caía como una sentencia, un velo de agujas frías que calaba mi abrigo y enturbiaba los contornos del pueblo. Aun así, no podía apagar la furia que me ardía en el pecho. Clara y Leonardo se nos habían escurrido otra vez, desapareciendo de la pensión La Luna como humo entre dedos temblorosos. Bruno había fallado. Su rabia era como una herramienta oxidada: letal, pero inútil si no se usaba con precisión.
Me apoyé en el capó aún tibio de mi auto. Sentí el calor disiparse lentament