Camino a paso acelerado por los largos y angostos pasillos del Panteón, tratando de encontrar, sin éxito, la puerta del despacho de Ares, quien, luego de aquel excitante encuentro sobre su escritorio, tuvo que dejarme de nuevo con Aitor para hablar con unas personas del consejo de no sé que, prometiendo volver en pocos minutos.
Sin embargo, los pocos minutos se convirtieron en casi dos horas y mi vejiga, junto con la abundante corrida de Ares escapando de mí entrepierna, me obligaron a pedir