Cuando Atenea se movió de nuevo, el calor ya no la envolvía.
No ausente.
Transformada.
Había vuelto a dormir porque todavía sentía el zumbido de un calor tenue, y la cama olía a él, lo que la ayudó a dormir de nuevo.
Un calor más silencioso pulsaba bajo su piel ahora, ya no consumía, sino que era persistente. Como el eco de un fuego que había rugido en la noche y dejado atrás brasas brillantes alojadas en sus huesos. Sus músculos dolían como si hubiera cruzado un campo de batalla descalza y con