Cuando Atenea despertó, el mundo estaba en silencio.
Una quietud espesa y amortiguada cubría la habitación, como el silencio después de una tormenta. Una luz suave se filtraba a través de las cortinas del balcón, volviendo el aire plateado y frío.
Atenea yacía inmóvil, envuelta en una maraña de sábanas que olían a pino, acero... y a él.
Ragnar.
El aroma se le pegaba a la piel. Contuvo la respiración incluso antes de abrir los ojos.
El dolor en su cuerpo no era solo de la noche anterior; era más