El fuego aún ardía en las venas de Atenea cuando se puso de pie, aunque su cuerpo temblaba bajo el peso de lo que estaba a punto de exigir. Sin embargo, su voz no vaciló.
—Ragnar —dijo con firmeza, cada sílaba impregnada de los siglos de sufrimiento que resonaban en su linaje—, si quieres que me quede, si quieres que luche a tu lado, entonces debes darme esto. Mi gente debe ser libre. Cada omega de este reino, cada uno de ellos. No más collares. No más cadenas. No más ser tratados como esclavos